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De comerciantes a constructores

  • @ericforcael
  • 5 jun 2016
  • 2 Min. de lectura

Una posible clasificación de aquellos que participan de un sistema económico, es separarlos en comerciantes y constructores. Comerciantes, a aquellos que compran un bien a un determinado valor y lo venden a mayor precio, obteniendo así una legítima utilidad. Constructores, no a aquellos que construyen infraestructura o edificaciones, sino a aquellos empresarios o emprendedores que construyen valor, o sea que en sus procesos, incorporan la diversificación o la sofisticación de un determinado insumo, para transformarlo en un bien o servicio de mayor valor. Ambos procesos, comercializar o construir, se dan tanto en la gran empresa, como con el pequeño emprendedor.


En el caso de los comerciantes, es posible encontrar un buen ejemplo en las grandes cadenas de retail. Si bien es cierto es indudable el rol que cumplen dichas cadenas en la generación de empleo, la agregación de valor es bajísima, toda vez que compran un determinado bien en algún país de Asia u otro lugar, para venderlo más caro en nuestro país. Por cierto, también se favorecen del proceso las empresas de toda la cadena de suministro (fletes, bodegaje, etc.), las que por cierto, tampoco agregan valor, sino más bien se benefician del margen de utilidad por los servicios prestados.


Pero lo anterior también se da en la micro y pequeña empresa, en donde la situación es diametralmente más dura. Un caso emblemático es el de Lota, donde posterior al cierre de las minas de carbón, haciendo uso de los subsidios y ayudas del Estado, trabajadores vinculados a dichas minas procuraron instalarse con peluquerías o compraron taxis (servicios con casi nula agregación de valor), mientras que otros dieron vida a minimarkets, que al igual que las grandes cadenas de retail, compran barato (en este caso en Concepción), para vender más caro en Lota.


En estos días, en donde hemos visto con preocupación la caída de nuestras exportaciones como región, se ha intentado acuñar la consigna de que es importante diversificar nuestra oferta de productos y servicios. Es cierto, es esencial avanzar en diversificación, aunque lo es incluso más avanzar en sofisticación, pues ésta trae implícita el diversificar. Pasar, por ejemplo, de vender jibia sin procesar a 0,5 dólares el kilo, a vender snacks de jibia para el exigente mercado japonés, pudiendo llegar a 3 dólares por kilo, cumple ciertamente ambos objetivos: sofisticar la oferta exportadora, y de paso ofrecer una mayor diversidad de productos. Esto es construcción de valor.


Como el de la jibia, tenemos múltiples ejemplos en Biobío. El pasar desde la importación de máquinas de aserrío para nuestra industria forestal, al diseño y construcción de canteadoras optimizadas que hoy exportamos al mundo; o el paso del convencional chocolate, a la producción de dulces nutraceúticos, altamente cotizados en países desarrollados, dan cuenta de ese amplio número de ejemplos regionales.


Cualquiera sea el ejemplo, el camino es el mismo. Migrar de una economía basada en el comercio a aquella que construye valor. Lo que no nos puede pasar, es que ahora que nuestras exportaciones han vuelto a caer, dejemos esto de la diversificación y la sofisticación, como parte de un bonito discurso. Que esta coyuntura que hoy nos afecta, sea la oportunidad perfecta para apoyar la creación de valor, y esto exige, necesariamente, más constructores y menos comerciantes.

 
 
 

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